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Psicogeografía de la catástrofe

Archivo Paricutín: memoria, catástrofe y experiencia del paisaje

El material fílmico resguardado por la Filmoteca de la UNAM y disponible para consulta en el Archivo Histórico del Museo de Geología, como parte del proyecto Archivo Paricutín. Memoria y presencia de un volcán, constituye un conjunto documental excepcional para reflexionar sobre las múltiples dimensiones —científicas, culturales, políticas y afectivas— derivadas del nacimiento del volcán Paricutín. Entre los materiales digitalizados, que en conjunto suman setenta y cinco minutos, destaca la película en 16 mm a color Geological Aspects of the Eruption of Paricutín, realizada por el geólogo Frederick H. Pough en 1943 (Pough, 1943).

La aparición del volcán Paricutín, el 20 de febrero de 1943, coincidió con un momento histórico en el que el desarrollo de la ciencia y las tecnologías audiovisuales hizo posible registrar, por primera vez, el ciclo completo de un volcán monogenético: desde su surgimiento hasta su extinción. Durante nueve años, la actividad eruptiva transformó de manera irreversible la geografía de la región, sepultando poblados enteros y alterando las dinámicas materiales, sociales y simbólicas de las comunidades purépechas asentadas en el territorio.

El acontecimiento suscitó intereses diversos y, en ocasiones, contradictorios. Para la comunidad científica, el Paricutín representó un laboratorio natural único que permitió profundizar en el estudio de los procesos volcánicos y en la comprensión de las fuerzas geológicas que modelan la superficie terrestre. Paralelamente, artistas, fotógrafos y cineastas encontraron en el fenómeno una imagen capaz de condensar tensiones entre naturaleza, modernidad y representación. Incluso, los efectos atmosféricos derivados de la erupción fueron aprovechados para el desarrollo de experimentos tecnológicos y militares.

Sin embargo, detrás de las narrativas del progreso científico y de la fascinación estética producida por el volcán, permanece la memoria de una catástrofe territorial. Para las comunidades purépechas, la erupción significó la pérdida de tierras, viviendas y formas de vida construidas durante generaciones. El paisaje agrícola y habitado fue reemplazado por una geografía ígnea que transformó radicalmente la relación entre los habitantes y su entorno. Lo que para algunos constituyó un objeto de estudio o una imagen extraordinaria, para otros fue la experiencia concreta del desarraigo.

En este sentido, las imágenes del archivo exceden su valor documental y pueden entenderse como dispositivos de memoria capaces de activar nuevas lecturas sobre la relación entre el ser humano y el territorio. El archivo no solo conserva registros de un acontecimiento geológico excepcional, sino también las huellas materiales y afectivas de una transformación del paisaje. Tal como sostiene Tim Ingold (2000), el territorio no constituye un soporte pasivo sobre el cual se inscriben las acciones humanas, sino una trama viva de relaciones, desplazamientos y temporalidades superpuestas. El paisaje es, en consecuencia, una forma de memoria sedimentada.

Desde otra perspectiva, las reflexiones situacionistas en torno a la psicogeografía, desarrolladas por Guy Debord (1999), permiten comprender cómo los espacios producen efectos concretos sobre las emociones, la conducta y la imaginación. Aunque el concepto surgió en el contexto urbano europeo de mediados del siglo XX, su potencia teórica permite ampliar la discusión hacia territorios atravesados por fenómenos geológicos extremos. La erupción del Paricutín alteró no solo la materialidad del espacio, sino también las formas de percibirlo, recorrerlo y habitarlo. En consonancia con Doreen Massey (2005), el espacio debe entenderse como una construcción relacional, abierta y en constante transformación.

Mi aproximación a estos materiales surge precisamente desde una experiencia psicogeográfica y subjetiva. La primera vez que observé la erupción del volcán Popocatépetl, durante mi infancia en la década de 1990, experimenté una sensación de asombro frente a una presencia que excedía cualquier escala humana. El resplandor de la lava iluminando el horizonte, las vibraciones del suelo y el sonido gutural del volcán produjeron una experiencia contemplativa marcada por la coexistencia entre fascinación y vulnerabilidad.

Décadas después, los sismos vividos en la Ciudad de México —particularmente el de 2017— reactivaron aquella memoria temprana. La experiencia de la catástrofe se manifestó entonces como una irrupción de sensaciones contradictorias: desconcierto, ansiedad, impotencia y temor, pero también como una forma singular de percepción del espacio. Recorrer una ciudad transformada por un acontecimiento telúrico produjo una contemplación semejante a la que había experimentado frente al volcán: una suspensión momentánea del orden cotidiano y la confrontación con fuerzas naturales que evidencian la fragilidad de toda construcción humana.

Rebecca Solnit (2010) ha señalado que los desastres suelen abrir espacios inesperados para la imaginación social, alterando las formas habituales de relacionarnos con el entorno y con los demás. La catástrofe, lejos de limitarse a la destrucción, inaugura nuevas maneras de experimentar el territorio y de construir memoria colectiva. Desde esta perspectiva, el paisaje emerge como una entidad dinámica, atravesada por tensiones entre permanencia y transformación, entre la memoria y la pérdida.

Asimismo, las reflexiones de Anna Tsing (2015) sobre los paisajes devastados permiten pensar el Paricutín no únicamente como un episodio excepcional, sino como una expresión de la inestabilidad inherente a los mundos que habitamos. Frente a las narrativas modernas de control y dominio sobre la naturaleza, estos territorios revelan la precariedad de las relaciones humanas con los procesos geológicos y ecológicos de larga duración.

Las discusiones contemporáneas sobre territorio y comunidad en América Latina también resultan pertinentes para comprender las transformaciones derivadas del fenómeno volcánico. Arturo Escobar (2014) propone pensar el territorio como un entramado de relaciones materiales, afectivas y simbólicas que configuran formas particulares de existencia. Desde otra perspectiva, Néstor García Canclini (1990) ha señalado cómo las tensiones entre tradición y modernidad producen procesos de resignificación cultural que atraviesan los imaginarios colectivos.

La resignificación de estas imágenes no pretende construir una mirada objetiva sobre el fenómeno volcánico. Por el contrario, propone una forma de conocimiento situada que emerge del cruce entre experiencia sensible, memoria y territorio. En ese sentido, el archivo opera como un espacio de investigación estética y arqueológica desde el cual es posible explorar las implicaciones ontológicas y, en cierta medida, sagradas de nuestra relación con la tierra.

En el encuentro entre arqueología, psicogeografía y paisaje, el Paricutín deja de ser únicamente un objeto de estudio científico para convertirse en una pregunta abierta sobre nuestra condición frente a las fuerzas que modelan el mundo. Las imágenes filmadas en 1943 no registran únicamente el nacimiento de un volcán; documentan también la experiencia humana de enfrentarse a aquello que excede toda posibilidad de control y que, precisamente por ello, continúa interpelando nuestra manera de habitar el territorio.

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Archivo Paricutín: memoria, catástrofe y experiencia del paisaje

El material fílmico resguardado por la Filmoteca de la UNAM y disponible para consulta en el Archivo Histórico del Museo de Geología, como parte del proyecto Archivo Paricutín. Memoria y presencia de un volcán, constituye un conjunto documental excepcional para reflexionar sobre las múltiples dimensiones —científicas, culturales, políticas y afectivas— derivadas del nacimiento del volcán Paricutín. Entre los materiales digitalizados, que en conjunto suman setenta y cinco minutos, destaca la película en 16 mm a color Geological Aspects of the Eruption of Paricutín, realizada por el geólogo Frederick H. Pough en 1943 (Pough, 1943).

La aparición del volcán Paricutín, el 20 de febrero de 1943, coincidió con un momento histórico en el que el desarrollo de la ciencia y las tecnologías audiovisuales hizo posible registrar, por primera vez, el ciclo completo de un volcán monogenético: desde su surgimiento hasta su extinción. Durante nueve años, la actividad eruptiva transformó de manera irreversible la geografía de la región, sepultando poblados enteros y alterando las dinámicas materiales, sociales y simbólicas de las comunidades purépechas asentadas en el territorio.

El acontecimiento suscitó intereses diversos y, en ocasiones, contradictorios. Para la comunidad científica, el Paricutín representó un laboratorio natural único que permitió profundizar en el estudio de los procesos volcánicos y en la comprensión de las fuerzas geológicas que modelan la superficie terrestre. Paralelamente, artistas, fotógrafos y cineastas encontraron en el fenómeno una imagen capaz de condensar tensiones entre naturaleza, modernidad y representación. Incluso, los efectos atmosféricos derivados de la erupción fueron aprovechados para el desarrollo de experimentos tecnológicos y militares.

Sin embargo, detrás de las narrativas del progreso científico y de la fascinación estética producida por el volcán, permanece la memoria de una catástrofe territorial. Para las comunidades purépechas, la erupción significó la pérdida de tierras, viviendas y formas de vida construidas durante generaciones. El paisaje agrícola y habitado fue reemplazado por una geografía ígnea que transformó radicalmente la relación entre los habitantes y su entorno. Lo que para algunos constituyó un objeto de estudio o una imagen extraordinaria, para otros fue la experiencia concreta del desarraigo.

En este sentido, las imágenes del archivo exceden su valor documental y pueden entenderse como dispositivos de memoria capaces de activar nuevas lecturas sobre la relación entre el ser humano y el territorio. El archivo no solo conserva registros de un acontecimiento geológico excepcional, sino también las huellas materiales y afectivas de una transformación del paisaje. Tal como sostiene Tim Ingold (2000), el territorio no constituye un soporte pasivo sobre el cual se inscriben las acciones humanas, sino una trama viva de relaciones, desplazamientos y temporalidades superpuestas. El paisaje es, en consecuencia, una forma de memoria sedimentada.

Desde otra perspectiva, las reflexiones situacionistas en torno a la psicogeografía, desarrolladas por Guy Debord (1999), permiten comprender cómo los espacios producen efectos concretos sobre las emociones, la conducta y la imaginación. Aunque el concepto surgió en el contexto urbano europeo de mediados del siglo XX, su potencia teórica permite ampliar la discusión hacia territorios atravesados por fenómenos geológicos extremos. La erupción del Paricutín alteró no solo la materialidad del espacio, sino también las formas de percibirlo, recorrerlo y habitarlo. En consonancia con Doreen Massey (2005), el espacio debe entenderse como una construcción relacional, abierta y en constante transformación.

Mi aproximación a estos materiales surge precisamente desde una experiencia psicogeográfica y subjetiva. La primera vez que observé la erupción del volcán Popocatépetl, durante mi infancia en la década de 1990, experimenté una sensación de asombro frente a una presencia que excedía cualquier escala humana. El resplandor de la lava iluminando el horizonte, las vibraciones del suelo y el sonido gutural del volcán produjeron una experiencia contemplativa marcada por la coexistencia entre fascinación y vulnerabilidad.

Décadas después, los sismos vividos en la Ciudad de México —particularmente el de 2017— reactivaron aquella memoria temprana. La experiencia de la catástrofe se manifestó entonces como una irrupción de sensaciones contradictorias: desconcierto, ansiedad, impotencia y temor, pero también como una forma singular de percepción del espacio. Recorrer una ciudad transformada por un acontecimiento telúrico produjo una contemplación semejante a la que había experimentado frente al volcán: una suspensión momentánea del orden cotidiano y la confrontación con fuerzas naturales que evidencian la fragilidad de toda construcción humana.

Rebecca Solnit (2010) ha señalado que los desastres suelen abrir espacios inesperados para la imaginación social, alterando las formas habituales de relacionarnos con el entorno y con los demás. La catástrofe, lejos de limitarse a la destrucción, inaugura nuevas maneras de experimentar el territorio y de construir memoria colectiva. Desde esta perspectiva, el paisaje emerge como una entidad dinámica, atravesada por tensiones entre permanencia y transformación, entre la memoria y la pérdida.

Asimismo, las reflexiones de Anna Tsing (2015) sobre los paisajes devastados permiten pensar el Paricutín no únicamente como un episodio excepcional, sino como una expresión de la inestabilidad inherente a los mundos que habitamos. Frente a las narrativas modernas de control y dominio sobre la naturaleza, estos territorios revelan la precariedad de las relaciones humanas con los procesos geológicos y ecológicos de larga duración.

Las discusiones contemporáneas sobre territorio y comunidad en América Latina también resultan pertinentes para comprender las transformaciones derivadas del fenómeno volcánico. Arturo Escobar (2014) propone pensar el territorio como un entramado de relaciones materiales, afectivas y simbólicas que configuran formas particulares de existencia. Desde otra perspectiva, Néstor García Canclini (1990) ha señalado cómo las tensiones entre tradición y modernidad producen procesos de resignificación cultural que atraviesan los imaginarios colectivos.

La resignificación de estas imágenes no pretende construir una mirada objetiva sobre el fenómeno volcánico. Por el contrario, propone una forma de conocimiento situada que emerge del cruce entre experiencia sensible, memoria y territorio. En ese sentido, el archivo opera como un espacio de investigación estética y arqueológica desde el cual es posible explorar las implicaciones ontológicas y, en cierta medida, sagradas de nuestra relación con la tierra.

En el encuentro entre arqueología, psicogeografía y paisaje, el Paricutín deja de ser únicamente un objeto de estudio científico para convertirse en una pregunta abierta sobre nuestra condición frente a las fuerzas que modelan el mundo. Las imágenes filmadas en 1943 no registran únicamente el nacimiento de un volcán; documentan también la experiencia humana de enfrentarse a aquello que excede toda posibilidad de control y que, precisamente por ello, continúa interpelando nuestra manera de habitar el territorio.

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